21 julio 2013

CARTA A TODOS MIS NAUFRAGIOS


Hace tiempo caí en la cordura del que se sabe loco. Por despecho.
Y bebes.
Son ya muchos meses en este purgatorio. Da igual que afuera llueva o haga sol, porque la tormenta la llevas dentro, oprimiéndote el pecho cada vez más fuerte.
Das un trago.
En ocasiones sueñas. Imaginas que el mañana es ayer. Pero nada es real, todo se desvanece. Te sientes como Tom Hanks hablándole a Wilson.
Saboreas la copa.
A veces el dolor es tan fuerte que se convierte en morfina. Es violento pensar en futuro cuando no te preocupas por el presente.
Tus labios susurran alcohol.
No obstante, no desesperas. Incluso en el Titanic hubo supervivientes, solo hay que remar con convicción. Al fin y al cabo todo Dalí necesita su Gala, todo Don Quijote su Sancho, es decir, que todo loco necesita su... bueno, ya me entendéis.
Bebes de nuevo.
Como un Robin Hood ladrón de los sueños incumplidos, lo quieras o no, todo esto forma parte de tu currículum vitae.
Agitas la copa.
Es tal el estado de concupiscencia a lo etéreo que incluso entiendes el significado de adjetivos como lisérgico o astromántico.
Los hielos te hablan.
Espiral viciosa que te hace creer que sabes todo cuando no sabes de nada. Lo que termina pasando es que quieres ver más allá de la realidad pero acabas cual Monet encerrado en cuadros de nenúfares. Ya todo vale.
Miras de reojo la copa.
No siempre el que siembra recoge sus frutos. Puede que te hayas esforzado, pero sin suerte, corres el riesgo de que tus obras acaben expuestas en cualquier cuarto de baño, que se lo digan a Da Vinci.
Entonces, solo queda mirar la copa de whisky mientras lloras apurando el último trago.

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