Los locos éramos grandes. El almacén no tenía restos de stock.
Convertimos molinos en gigantes. Nuestros corazones, en shock.
Aplicábamos la Teoría de la Relatividad. Robábamos belleza a la Luna.
Dilatar el tiempo no tenía complejidad. Su luz era eterna y oportuna.
Días ufanos.
Mil y una noches de ratería. Fraude, saqueo y pillaje.
Cual carterista en la Gran Vía. Fantasmas en el viaje.
Y sin más vileza. Que la de estar continuamente.
Escribiendo a la tristeza. Pecado de occidente.
Olvidar procuro.
Adicto al veneno de serpiente. Qué anacronismo.
Mas si nadie te miente. Ya lo haces tú mismo.
Incluso el fútil aleteo de una mariposa. Es mentira.
En esta discreta guerra silenciosa. El tiempo expira.
Como un reloj de arena.
Necesidad de crédito. Carencia de avalista.
Otro día inédito. Con sentimiento nihilista.
Tarifa plana de sucesos. Ejército de partisanos.
Parodias sin besos. Contrariedades de mundos urbanos.
Midiendo el miedo.
Aunque de forma innata. De soluciones llenas los bolsillos.
Envueltas en papel de plata. Se venden en mercadillos.
Vital dejarse llevar. Como reo consciente de su condena.
Para asimilar. Que nunca es tarde si la dicha es buena.
Suspiro a suspiro.
De barba y desaliño no puedes despojarte. Soñar es gratis, no obstante.
Y ser, de exóticos cuentos, juez y parte. Aunque fuera por un instante.
Del futuro, nadie sabe. Pero hoy es domingo.
Qué duda cabe. Aunque ya ni éso distingo.
Érase una vez.
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